Por: Pastor, Kelvin Figuereo
AMANDO A TUS ENEMIGOS.- En el quinto capítulo del Evangelio registrado por San Mateo, leemos estas palabras muy llamativas fluyendo de los labios de nuestro Señor y Maestro:
"Habéis oído que se ha dicho, 'Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo.' Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan. para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos" [Mateo 5:38-45; Lucas 6:27-36]
Ciertamente se trata de grandes palabras, palabras elevadas a proporciones cósmicas. Y a lo largo de los siglos, muchas personas han alegado de que se trata de un mandato extremadamente difícil. Muchos irían tan lejos como para decir que simplemente no es posible llegar esto a la práctica real de este mandato glorioso; llegarían a decir que esto es sólo una prueba más de que Jesús era un idealista impracticable que nunca vino a la tierra.
Argumentos así, abundan. Pero lejos de ser un idealista impracticable, Jesús se ha convertido en el realista práctico. Las palabras de este texto brillan a nuestros ojos con una nueva urgencia. Lejos de ser la medida cautelar piadosa de un soñador utópico, este mandato es una necesidad absoluta para la supervivencia de nuestra civilización. Sí, es el amor lo que salvará a nuestro mundo y a nuestra civilización, el amor, incluso hacia los enemigos.
Ahora, permítanme apurarme a decir que Jesús fue muy serio cuando dio esta orden; él no estaba jugando. Él se daba cuenta de que es difícil amar a tus enemigos. Él se daba cuenta de que es difícil amar a aquellas personas que tratan de derrotarte, esas personas que dicen cosas malas sobre ti. Él se daba cuenta de que era dolorosamente duro, apremiantemente difícil.
Pero Él no estaba jugando. Y no podemos descartar este pasaje como un ejemplo más de hipérbole oriental, o sólo una especie de exageración para comunicar el asunto. Ésta es una filosofía básica de todo lo que escuchamos que viene de los labios de nuestro Maestro. Porque Jesús no estaba jugando; porque Él fue serio. Tenemos la responsabilidad cristiana y moral de tratar de descubrir el significado de estas palabras, y de descubrir cómo podemos vivir en base a este mandato, y por qué debemos vivir por este mandato.
